esa sentencia me hizo recordar el aspecto que tenían las flores cuando las recolecté. Estaban en la tierra, laceradas, pero aún conservaban su forma, el brillo de sus colores: un resto de vida. Esto porque eran flores recién muertas, como todas las flores que envueltas en brillantes papeles de celofán se entregan como símbolo de afecto; las mismas que se depositan sobre las tumbas y que, además de ser un símbolo de amor, sirven para disfrazar el aroma de la muerte.