en el solsticio de invierno, la película fotográfica fue un cuerpo como el mío: ambos expuestos al devenir del tiempo, esperando que los rayos de luz vinieran a tocarnos. Pensaba, entonces, durante la pausa de esa larga exposición, que el tiempo es también un espacio y que está en nuestro interior como una semilla enterrada en la tierra, como un grano de plata denso, oscuro y paciente desde donde brota la luz.